La Isla de Benidorm se la conoce también con el nombre de " Isla de los Periodistas ". Está deshabitada y tan solo existe una edificación, que podréis visualizar en nuestro reportaje , que sirve para atender a los excursionistas.
Está ubicada en línea con la Punta Canfali o Balcón del Mediterráneo y constituye un punto de referencia que divide a Benidorm en las dos Playas de Levante y Poniente.
¿ Os acordáis de Roldan ? No, no me refiero al que termina de salir de la carcel. Estoy hablando del hijo de la Princesa Berta, hermana de Carlomagno. Pues este caballero estaba tan enfurecido que al Puig Campana le hizo una gran hendidura, de un fuerte golpe, con su espada " Durandarte " y cuenta la leyenda y las comadres en las frías noches de invierno cuando están pegadas a la lumbre que ese trozo de montaña que le falta al Puig Campana es la " Isla de Benidorm ". ¡ Y por que no ! Me contaba un amigo vasco que al Mar Muerto le llamaban así desde que su padre le pegó una bofetada. . . Así que ¡ Por que no !
Lo que si es cierto es que la Isla siempre ha tenido una gran riqueza piscícola y un fondo submarino muy codiciado por buceadores y submarinistas. La explotación de sus aguas siempre estuvo reservada a Benidorm mas en el año 1506, el Rey Fernando hizo extensivo este privilegio también al pueblo de Villajoyosa.
La Isla tiene una superficie de 6.57 Ha. Con una longitud de 350 por una anchura de 260 m. Su altura es de 73 m. Su distancia de Benidorm es de 2.5 millas marinas.
Entre las aves que anidan en la isla destaca el " Paiño común mediterráneo " y según datos obtenidos del Ayuntamiento de Benidorm la fauna también la componen: la lagartija ibérica, el vencejo pálido, currucas cabecinegras, el halcón peregrino, etc. Y entre la flora destaca el acebuche, el cambrón ( no se equivoquen ), la risa de la virgen, la efedra, el marvavisco marítimo, la bufera, el " espi blanc ", la sosa fina, la ceba marina, la vareta de San Josep . . .
Lo que si os encontrareis, como podréis apreciar por las fotografías del reportaje, es la presencia de esas aves de que os hablaba, de los paiños, que se colocan quietos mirando al mar, totalmente ceremoniosos y erguidos, mirando fijamente al horizonte, que no se inmutan aunque llegue el barco, como si ese asunto no fuese con ellos, y que, cuando les place, de vez en cuando, elevan un ligero aleteo y dan un pequeño paseo. ¡ Cuanta sabiduría hay en estas aves !